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Cascais, mi paloma torcaz, una más de mi familia

Todo empezó durante el confinamiento y es lo único bueno que me ha traído esta pandemia. Desde mi ventana veía vacías de personas las calles del centro de Madrid. Eso es lo que me impresionaba al principio, pero después de unos días observé las aceras en donde antes había mesas de bares con palomas merodeando por si caía alguna miga de pan, algún trocito de patata o lo que fuera. ¿Dónde estarían esas palomas?, ¿de qué se estarían alimentando? Empecé comprando comida para periquitos en un supermercado y rociaba todas las mañanas una bolsa de un kilo. Las primeras semanas las palomas que había en el parque acababan detectando el pienso (o eso deducía al ver limpia la acera cuando volvía al día siguiente), pero después empezaron a reconocerme y decenas de palomas se me acercaban nada más verme. En mayo ya compraba online pienso específico para palomas de cien en cien kilogramos y repartía cuatro quilos al día porque debió de correr la voz y ya eran más de cien palomas las que me esperaban en el parque.

Finalizó el confinamiento y una amiga que sabía que alimentaba a las palomas me llamó porque se había encontrado a una paloma torcaz en Villaviciosa de Odón que no podía levantar el vuelo. Por supuesto que me haría cargo. Me acerqué a su casa y mi primer dilema era cogerla, ¿cómo se coge a un ave? Torpemente lo conseguí, la metí en el trasportín de una de mis perras y la llevé al veterinario. Tenía restos de balines en una de sus alas y también en una de sus patas. La operaron pero su veterinario me avisó de que nunca volvería a volar. Después me enteraría de que hay asociaciones que con ese pronóstico las exterminan o las ofrecen como presa para depredadores que allí tienen refugiados. Yo misma era parte de ese engranaje cruel e ignorante que se ha formado en torno a las palomas: me la llevo a casa pero, ¿no vais a mirar si tiene parásitos o enfermedades que me pueda pegar a mí o a mis perras? Y se me desmontó uno de esos bulos que tenemos todos en la mente: las palomas tienen muchas enfermedades y muchos parásitos, pero se lo contagian entre ellas y, con higiene, nada hay que puedan contagiar a los humanos o a otras especies.

Cascais, mi paloma torcaz, ya iba a ser parte de mi familia, así que acondicioné una de mis dos terrazas y empecé a construir un palomar con las sugerencias de su estupendo veterinario, Pablo Casar.

Desde septiembre la gente transitaba las calles con mascarilla y el parque al que acudía todos los días estaba repleto de niños y gente con sus mascotas (sin correa, por cierto, lo cual estresaba a las palomas). Y es cuando empecé a tener problemas. Si das de comer a las palomas te pueden multar; Son ratas con alas que cagan por todas partes; Ya he llamado al Ayuntamiento para que vengan a llevárselas con una red porque están destrozando la fachada de nuestro edificio.  Al principio me encaraba pero pronto comprendí que lo mejor era buscar una hora y una táctica para que nadie me viera alimentándolas. Y uno de esos días me encontré con un pollito de paloma bravía. Estaba en el parque, andaba con torpeza y en su nunca aún tenía plumas amillas. Lo llamé Aveiro y con ella tuve que aprender a sondar (meterle un tubito de plástico hasta el buche para alimentarlo y medicarlo) y también aprendí lo que significa que un pollito se troquele porque cada vez que me veía piaba  dulcemente mientras movía sus alitas confundiéndome con su mamá. Cuando me la encontré sospeché que se habría debido de caer del nido, pero ahora tengo la certeza porque es una granujilla decidida y curiosa que siempre lo explora todo.

Cuando comprobé que había palomas sobrevolando la terraza del palomar, decidí echar semillas también en la otra terraza, de modo que todas las mañanas aparecía un grupito de unas diez palomas esperando su alimento. Una de ellas era un pollito que se lanzaba sin miedo en cuanto veía pienso sobre el suelo. El resto se iba después de comer, pero este pollito se quedaba siempre en mi terraza hasta el anochecer. Lo llamé Don Gato y era ya parte de mi familia, se había infiltrado en mi vida tiernamente y aunque él no me veía a mí (me escondía en el interior de la casa para no asustarlo) yo poco a poco pude ir conociéndolo. Hasta que una mañana me lo encontré embolado en una cajita que había colocado sobre la lámpara de mi terraza. estaba tan débil que no tuve dificultad en cogerlo y lo llevé corriendo al veterinario. Tenía tanto pus en el buche que era incapaz de digerir comida o agua y murió a los pocos minutos. Lloré tanto, sentí culpa, ¿por qué no intenté cogerlo antes?, ¿por qué asumí que si comía era síntoma de que estaba sano?

Unas semanas después me volví a encontrar con una paloma embolada en mi terraza, en el mismo lugar al que acudió Don Gato. La llamé Jueves y la dejé ingresada en el veterinario. Lo curioso es que al día siguiente por la mañana vino otra: Viernes. Pocos días después también ellas murieron por complicaciones infecciosas en el buche y en el riñón. Supongo que cuando enferman buscan un lugar donde refugiarse y pedir auxilio. Al menos tuvieron una oportunidad y murieron con la dignidad que se merecían.

Tampoco lo consiguieron ni Estoril ni Lisboa, otras dos palomas a las que rescaté en el parque y que murieron por lo mismo, por infecciones severas. También ellas me dejaron que las cogiera agradecidas y sin oponer resistencia.

En mes de diciembre se están llevando palomas de varias plazas y parques del centro. Les ponen comida y las capturan con una red para después matarlas como protocolo del control de plagas. ¿Plagas? Tengo una paloma que no podrá volver a volar porque le han disparado y muchas de las palomas que he rescatado no han podido salir adelante por la vida tan dura que padecen en la ciudad: el hambre, la falta de agua, los perros sueltos (en mi parque también he visto una paloma con las tripas fuera por la mordedura de un perro), los gatos callejeros, pelos de humanos o restos de cuerda y plásticos que se enredan en sus deditos produciendo infecciones o amputaciones, atropellos y sobre todo nosotros, los humanos, el odio infundado que sentimos hacia ellas. ¿Quién es la plaga?

La caza es terriblemente cruel porque son muchas las que quedan lisiadas en mitad del campo, como le sucedió a Cascais. Indefensas, doloridas y atemorizadas acaban su vida siendo víctimas fáciles de cualquier depredador. Y las capturas de palomas en ciudades son terriblemente crueles porque, enredadas y apelmazadas las trasladan aterrorizadas hasta que finalmente las masacran. Y muchas de las que asesinan en estas capturas son madres de pollitos que esperan en sus nidos hasta morir de inanición porque su madre no volverá nunca.

Podemos conseguir cambiar las cosas si todos los que empatizamos con las palomas hacemos lo siguiente:

  • Escribir al Ayuntamiento de Madrid alegando que no estamos de acuerdo con que capturen palomas con nuestros impuestos (mspvectores@madrid.es).
  • Llamar a MadridSalud (9155113089)  exigiendo una gestión ética con las palomas (comida esterilizante en lugar de capturas).
  • Grabar las capturas con el móvil para darle difusión.

 Mis amigos me preguntan que qué me pasa, que últimamente en las redes solo cuelgo fotos de palomas rescatadas, pero si fuera un perro o un gato no pensarían que me estoy volviendo loca. Esta indolencia que observo para con ellas me genera una tremenda frustración y una dolorosa impotencia. Llevo meses empapándome de información sobre las palomas, sus enfermedades, sus estímulos y sus costumbres. Son seres maravillosos y lo sé porque vivo con dos. Tienen formas de ser distintas así que me tengo que relacionar con cada una a su manera y noto que les gusta estar conmigo, que se sienten protegidas y contentas. Desde que están en mi vida he cambiado y soy más feliz y más consciente de la hostilidad del entorno en el que se encuentran, ya sea en el campo o en la ciudad. Ojalá la gente pudiera conocer de verdad a estas preciosas aves y enterrar todos esos prejuicios infundados que hay contra ellas.

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